Es el regreso editorial más esperado. «El prisionero del cielo» llega hoy a las librerías de toda España y América Latina con una tirada impresionante. La nueva novela de Carlos Ruiz Zafón, tercera parte de una tetralogía, devuelve al lector al mítico Cementerio de los Libros Olvidados con un Daniel Sempere adulto que irá descubriendo viejos misterios del pasado en la Barcelona gris de la posguerra.
-Con varios millones de ejemplares vendidos y con esta expectación de lectores y editores, ¿se nota la presión al escribir?
-No. No firmo contratos previos, ni plazos. No tengo adelantos por trabajos no escritos, lo que me coloca en una situación de libertad para poder hacer lo que me apetece. Cuando acabo es el momento de buscar un hogar, pero prefiero trabajar en mi estudio, estar solo con los personajes del libro. La propia abstracción de la escritura hace que desaparezca el resto. Obviamente, me preocupa la reacción del público, como a todo escritor, pero mientras escribo el propio proceso ocupa tanto espacio en mi cabeza que no hay tiempo para esas preocupaciones que ya llegarán.
-Un cliente de la librería de los Sempere afirma en «El prisionero del cielo» que «la verdad es que cuesta encontrar hoy por hoy libros con un mensaje positivo, de esos que te hacen sentir a gusto, y sin tantos crímenes y muertes y ese tipo de cosas que no hay quien entienda». ¿Lo cree también?
-Es una broma que viene de una conversación con más de un editor americano. Ellos me comentaban que, a veces, el público busca un tipo de libros que denominan «feel good», para sentirse bien con uno mismo, aunque yo creo que eso no es un libro, sino una aspirina. Una novela puede hacer que te sientas bien o turbarte. No toda lectura debe ser como un narcótico que te haga pensar lo bueno que eres... Era una broma. En esta novela muestro lo importante que es el arte del librero por saber leer al lector y recomendarle lo mejor.
-En «El prisionero del cielo» reivindica a autores como Dickens, Hugo o Dumas. En el caso de este último, incluso homenajea a «El conde de Montecristo» con el uso que hace del castillo de Montjuïc. ¿Le gusta la literatura llamada «de folletín»?
-Es una denominación que solamente escucho en España y que parece referirse a una telenovela mala. El folletín era una manera de publicar, no un género. En el siglo XIX, normalmente los libros no se editaban como hoy, en tomos. Los escritores lo hacían con sus novelas por entregas en revistas y diarios. Después, se recopilaban, y alguno realizaba correcciones de ellas, como Dickens, porque habían tenido que improvisar obras de 800 páginas en las que dejaban algún cabo suelto. Así funcionaba la industria. Oigo por aquí grandes discursos y teorías sobre el folletín, pero no lo tratemos como un género. Son Tolstói, Zola, Dumas... Una manera de publicar. Yo reivindico a grandes clásicos, la gran literatura del siglo XIX, la narrativa que cuenta cosas y que se moja. Es el arte de narrar.