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Noticias Carlos Ruiz Zafón

Un paseo por los escenarios de «La sombra del viento»
21-01-2014

El best-seller de Carlos Ruiz Zafón está ambientado en la Barcelona de la primera mitad del siglo XX

Un paseo por los escenarios de «La sombra del viento»

De la Rambla de Santa Mónica, al final de las famosas Ramblas barcelonesas, parte la ruta de "La Sombra del Viento". El recorrido brinda la posibilidad a los apasionados del best-seller de Carlos Ruiz Zafón de visitar los lugares más significativos del libro, ambientado en la ciudad condal. Pueden participar una veintena de personas por ruta, que sale dos veces al mes y tiene una gran demanda. Es ofrecida por Icono Serveis Culturals y ha recibido muy buena respuesta tanto entre españoles como entre el público extranjero, especialmente norteamericanos y alemanes.

Siguiendo los pasos de Daniel Sempere, protagonista de la novela, un nuevo grupo empieza la ruta. Sus participantes son la mayoría españoles, varios alemanes y una mujer americana. La calle Arc del Teatre es el punto de inicio.

Un paseo por los escenarios de «La sombra del viento» La calle Arc del Teatre

Aquí es donde el autor sitúa el Cementerio de los Libros Olvidados. En palabras del protagonista:

“Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 […] la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido"

“… pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. Aquellas primeras imágenes, el eco de esas palabras que creemos haber dejado atrás, nos acompañan toda la vida y esculpen un palacio en nuestra memoria al que […] vamos a regresar. Para mí, esas páginas embrujadas siempre serán las que encontré entre los pasillos del Cementerio de los Libros Olvidados”

El guía de la ruta advierte entre risas a los visitantes: "Les aviso de que tal lugar no existe, lo siento". El cuadro "Relatividad", del dibujante suizo Escher se les muestra a los participantes para que se hagan una idea de cómo sería el laberíntico lugar si existiese.

La siguiente parada, la Plaza Real, fue antaño uno de los lugares más lujosos de la ciudad, ahora colmada de terrazas y restaurantes. En la planta noble de un edificio entre la plaza y la calle Ferran residía Gustavo Barceló con su sobrina invidente, Clara. Barceló intenta, sin éxito, comprarle a Daniel la original “Sombra del Viento”, libro que eligió del Cementerio de los Libros Olvidados. También fue aquí donde Daniel conoció a Fermín, mendigo que se convertirá en su amigo íntimo.

Un paseo por los escenarios de «La sombra del viento»Decoración de la plaça Reial

Muestra del lujo de la plaza aún puede observarse en la fuente de las Tres Gracias y en las lámparas modernistas diseñadas por Antoni Gaudí. Demasiadas sorpresas oculta la ciudad, incluso para los participantes barceloneses, que se muestran más que asombrados.

“A las siete en punto […] me planté en la vivienda de don Gustavo Barceló[...] El librero y su sobrina compartían un piso palaciego en la Plaza Real”

A través de una callejuela que da a la calle Ferran, el grupo se adentra en el Call, antiguo barrio judío de Barcelona. Dan con la Sombrerería Obach, llamada Fortuny en el libro, porque la regentaba Antoni Fortuny, otro personaje clave de la novela.

 

Un paseo por los escenarios de «La sombra del viento»La sombrerería

“La sombrerería Fortuny […] edificio ennegrecido de hollín y de aspecto miserable en la ronda de San Antonio junto a la plaza de Goya 15”

Al cruzar la plaza Sant Jaume, que acoge el Palacio de la Generalitat de Cataluña y el Ayuntamiento de Barcelona, se encuentra la calle Baixada de la Llibreteria. En el número 2 se halla la tienda de objetos de escritorio en que se basó Ruiz Zafón para situar la magnífica estilográfica de la que Daniel se queda prendido de niño, la Montblanc Meinsterstück de Victor Hugo.

 

Un paseo por los escenarios de «La sombra del viento»Papelería

“Estaba convencido de que con semejante maravilla podía escribir cualquier cosa, desde novelas hasta enciclopedias…”

La siguiente breve parada es la famosa iglesia de Santa María del Mar, donde rezaba la criada de Barceló, "la Bernarda". Entre los callejones del Born los participantes intercambian opiniones sobre el libro y la ruta. Lucy, participante de Estados Unidos, comenta a ABC: "es la primera vez que vengo a Barcelona; de hecho, llevo solamente tres horas aquí, pero me gustó tanto el libro que, a pesar de que la edición que tengo trae mapas para situarse, necesitaba ubicarme físicamente en la ciudad".

El restaurante neogótico "Els Quatre Gats" es otro escenario destacado de la novela. El fundador lo inauguró en 1897 con el mismo objetivo bohemio que "Le Chat Noir" de París. Fue punto de encuentro de bohemios, artistas e intelectuales modernistas.

 

Un paseo por los escenarios de «La sombra del viento»Els 4 Gats

Asiduos del café eran Picasso o Rusiñol, que colgaron aquí sus cuadros sin saber el valor que tendrían. Fue aquí donde, en la novela, se reunieron por primera vez el protagonista y Barceló.

“Els Quatre Gats quedaba a tiro de piedra de casa y era uno de mis rincones predilectos de toda Barcelona. Allí se habían conocido mis padres en el año 32, y yo atribuía en parte mi billete de ida por la vida al encanto de aquél viejo café […] el espejismo de Pablo Picasso, Isaac Albéniz, Federico García Lorca o Salvador Dalí”

El recorrido llega al Ateneu Barcelonés, situado en la calle Canuda y lugar donde Daniel conoce a Clara, sobrina de Barceló.

“El Ateneo era- y aún es- uno de los muchos rincones de Barcelona donde el siglo XIX todavía no ha recibido noticias de su jubilación. La escalinata de piedra ascendía desde un patio palaciego hasta una retícula fantasmal de galerías y salones de lectura…”

A dos pasos del lugar se encuentra una vía sepulcral del siglo II-III de la Barcelona romana. El guía de la ruta aprovecha el escenario para dar por concluida la ruta y parafrasea unas palabras de Julián Carax, personaje clave de la novela: "Existimos mientras alguien nos recuerda".

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Noticia publicada en: ABC.es
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Carlos Ruiz Zafón: «Ojalá los que nos sigan no repitan nuestros errores»
21-01-2014

De la Barcelona gris del franquismo a la rutilante de los Juegos Olímpicos; de la televisión en blanco y negro a la de los mil canales; de una sociedad cerrada a la integración europea; del papel a la última tecnología...Carlos Ruiz Zafón reflexiona sobre un país que empieza a cambiar, y de qué manera, a partir de los años sesenta.

¿Cómo evoca 1964, año de su nacimiento, a partir de lo que le contaron las personas próximas? ¿Cómo era la atmósfera de sus primeros años de vida?

Posiblemente, mis primeros recuerdos de aquel tiempo vienen de viejas fotografías de familia y de la reconstrucción que uno tiende a hacer en la mente mediante las imágenes que recuerda y las que imagina a través de las palabras de los demás. Mi primera memoria es la de aquella Barcelona de los años sesenta, una ciudad que en cierto modo parecía, o me lo parecía a mí, congelada en el tiempo, como me lo parecía todo el país. Cuando uno es niño, todavía no sabe expresar o verbalizar aquellas cosas que percibe, pero, para mí, incluso a mis muy pocos años, aquella sensación de una ciudad y un país aislados, casi a la deriva, era muy intensa. Las huellas del pasado, la sensación de que todo a mi alrededor era antiguo y cargado de memorias, y secretos, era algo que me llamaba la atención. Recuerdo las calles con los tranvías, los viejos autobuses, los edificios recubiertos por décadas de carbonilla y polvo, el empedrado de adoquines, las ropas y las maneras de la gente, el metro antiguo, la Avenida de la Luz, los viejos edificios, el puerto y los viejos tinglados, las fábricas y los almacenes del Poblenou…
Para mí, de niño, Barcelona tenía un poco o un mucho de casa encantada y supongo que, pese a los cambios, lo sigue teniendo. Hay lugares donde, por algún motivo, la memoria y la historia se pegan. Barcelona es uno de esos lugares, algo que he visto más claramente después de haber vivido muchos años en Los Ángeles, donde sucede todo lo contrario. Uno de mis escenarios favoritos de infancia era el antiguo parque de atracciones del Tibidabo, por entonces un lugar de aires crepusculares y casi olvidado en lo alto de la montaña. En aquellos años, podía pasar horas explorándolo y paseando por aquellos corredores casi desiertos donde uno encontraba los viejos autómatas, las atracciones que debían llevar décadas sin renovar… aquel aire de mundo cerrado y ocre es lo primero que recuerdo y lo que más asocio con el año en el que debí aterrizar en el planeta.
 
Los años sesenta, en España, son los del inicio del consumo: automóvil, frigoríficos, lavadora... ¿Qué experiencia tuvo de toda esa tecnología?

Modesta, supongo, porque la nuestra era una familia de clase media y fuimos descubriendo todos estos avances poco a poco. El año que yo nací, mi padre compró un Seat 600, algo sonado en la época. Yo, personalmente, circulaba en uno de aquellos carritos Jané con aire de carroza liliputiense. Recuerdo la primera televisión que tuvimos en casa, un armatoste negro que sintonizaba lo que le parecía y cuando le parecía. Una nevera enorme que se abría a palanca y que contenía unos yogures de cristal cuyo envase había que devolver a la vaquería de la esquina y que, me parece, fueron la única cosa que yo comí durante años… En el piso donde vivíamos, junto a la Sagrada Família, había, como en todas las casas de entonces, un lavadero, y con los años cayó una lavadora que hacía un ruido enorme y vibraba como si tuviese dentro una docena de poltergeists. Con el tiempo, mi padre compró un Simca 1.000 y recuerdo perfectamente la noche que lo estrenamos, cruzando el puente sobre el río Besòs que había al final de la calle Guipúscoa. Con todo, mi invento favorito era un tocadiscos tronado que tenía una luz verde que me fascinaba y que palpitaba cuando mi padre ponía el único disco que debía de haber en toda la casa, la banda sonora de Doctor Zhivago, de Maurice Jarre…

La suya es, de pleno derecho, la generación de la televisión. Ese “armatoste negro”, que emitía en blanco y negro y con dos cadenas. ¿Cómo le marcó?

Cuando yo era un chaval, la televisión empezaba a eso de las 6 o 7 de la tarde y apenas ­duraba unas horas. Había dos canales, el UHF y el VHF. La programación era extraordinariamente modesta, pero, para mí, lo importante fue que me permitió conocer muchas cosas que de otro modo no hubiera podido experimentar. Recuerdo dos cosas que me fascinaban. Una era una serie de programas llamados Estudio Uno, con adaptaciones de obras de teatro y dramatizaciones de novelas populares hechas con gran decoro y ambición. Y la otra era el cine. Televisión Española recuperaba películas clásicas y no tan clásicas que en aquellos años era imposible ver de otro modo. Uno de mis primeros recuerdos es ver Ciudadano Kane en el televisor de casa. Para mí y supongo que para muchos de mi generación, aquellas películas eran una ventana a un mundo que quedaba muy lejos de la realidad del país del momento y aquella, a diferencia de la de ahora, era un época de muy pocas ventanas…

La suya es, de pleno derecho, la generación de la televisión. Ese “armatoste negro”, que emitía en blanco y negro y con dos cadenas. ¿Cómo le marcó?

Cuando yo era un chaval, la televisión empezaba a eso de las 6 o 7 de la tarde y apenas duraba unas horas. Había dos canales, el UHF y el VHF. La programación era extraordinariamente modesta, pero, para mí, lo importante fue que me permitió conocer muchas cosas que de otro modo no hubiera podido experimentar. Recuerdo dos cosas que me fascinaban. Una era una serie de programas llamados Estudio Uno, con adaptaciones de obras de teatro y dramatizaciones de novelas populares hechas con gran decoro y ambición. Y la otra era el cine. Televisión Española recuperaba películas clásicas y no tan clásicas que en aquellos años era imposible ver de otro modo. Uno de mis primeros recuerdos es ver Ciudadano Kane en el televisor de casa. Para mí y supongo que para muchos de mi generación, aquellas películas eran una ventana a un mundo que quedaba muy lejos de la realidad del país del momento y aquella, a diferencia de la de ahora, era una época de muy pocas ventanas…
 
¿Era de los Chiripitifláuticos o de los payasos de la tele?

Nunca me gustaron los programas infantiles, no sé por qué. Les tenía cierta antipatía, seguramente inmerecida. Recuerdo a Valentina y a los hermanos Mala Sombra, al Capitán Tan y luego aquella sintonía de “un globo, dos globos, tres globos” que para mí era como una alarma para apagar el televisor… Lo que me gustaba de la televisión era el cine y aquella gran tradición de los sábados por la noche, Sábado Cine, creo que se llamaba, con aquel genérico electrónico pionero… y recuerdo que me gustaban las entrevistas de Soler Serrano en A Fondo y un programa llamado Revista de Cine, con Alfonso Eduardo y el irrepetibleAlfonso Sánchez…
 
Fueron años de merienda publicitada: donuts, cacaolat, nocilla, bollycaos… ¿Los consumía?

Mis favoritos, de largo, eran los donuts de chocolate, el gran clásico de la bollería industrial española, y lo siguen siendo. Cuando yo era niño, los estándares eran los bonys y los tigretones y todos aquellos inventos de Bimbo… El bollycao ya me pilló tarde y siempre me inspiró desconfianza… algo en ese bollito misteriosamente esponjoso y aquel relleno a lo choco-chernóbil que me sugerían conexiones petroquímicas sospechosas. El donut de chocolate, recién entregado por la furgoneta a primera hora de la mañana, era y es, creo, la joya de la corona.
 
En esa época, el país se transforma de sociedad rural a urbana. ¿Tiene recuerdos de la España de campo?

Parte de la familia, tanto de mi padre como de mi madre, tenían, como tanta gente por entonces, parientes en algún pueblo remoto, y recuerdo haber pasado tiempo en uno de ellos, una aldea que quedaba en la frontera entre Castellón y Teruel, al fondo de un valle remoto al que costaba horas llegar por una carretera estrecha como un fideo y con más curvas que Agata Lys, vampiresa de aquella época. Si Barcelona ya me había parecido un mundo cerrado y aislado, aquellas aldeas eran un salto al siglo XIX sin red. La casa de mis parientes no tenía ni agua, ni luz, ni lavabos ni nada que hubiera sido inventado después de 1850. Y hoy la gente se queja de que la wi-fi va lenta…
 
Fue a un colegio religioso. ¿Cómo se adaptó a los cambios? ¿Qué huella le dejó su enseñanza?

Prácticamente toda mi escolarización, a excepción de un par o tres de años de parvularios, tuvo lugar en un colegio de jesuitas. Mi impresión es que en la época en que yo llegué allí ya se había producido la gran explosión demográfica y eso había cambiado mucho cómo eran las escuelas de entonces. En mi colegio, entrábamos cada día cerca de 3.500 alumnos. Aquello había dejado de ser una escuela relativamente exclusiva y ahora era una gran fábrica, como no podía ser de otro modo. En este sentido creo que la educación era estándar, masiva y muy orientada a cumplir con unos moldes determinados y poco amiga de lo excepcional o atípico. El aspecto religioso, aunque estaba presente, nunca me pareció ni opresivo ni represivo. Y lo dice alguien que nunca ha sido una persona religiosa, ni de niño. Cuando pienso en qué huella dejaron en mí aquellos años, creo que no fue tan grande. Lo que más recuerdo y aprecio era el edificio, un gran castillo neogótico de finales del siglo XIX de arquitectura fantástica. La enseñanza en sí no creo que fuera ni peor ni mejor que en muchas otras escuelas de la época. Yo creo que, dentro de lo que era posible, los jesuitas hacían un buen trabajo y solucionaban una papeleta complicada lo mejor que podían. Había grandes maestros y gente muy válida, y también algún que otro personaje de menor calado, como sucede en todas partes. Yo, la verdad, es que tampoco debí de ser un alumno fácil, porque pasaba la mayor parte del tiempo en mi propia cabeza y no me sentía particularmente estimulado por el entorno o los programas. Recuerdo que me aburría terrible­mente en el colegio y prefería aprender por mi cuenta, dejar la cabeza volar y encontrar mi propio camino.
 
¿Cómo eran sus veraneos infantiles?

Mis padres pasaban los veranos en un pequeño apartamento en la Costa Brava, en la bahía de S’Agaró, junto a Sant Feliu de Guíxols, y allí pasé muchos veranos, siempre a remojo en la playa, en las cuevas de la bahía o explorando con amigos las colinas que había por allí… En verano, me gustaba leer y escribir mis propias historias, perseguir inocentemente a alguna novia de esas que le hacen a uno siempre recordar la propia infancia con mejores ojos de los que probablemente merece, y batir récords sobrehumanos del tiempo que uno puede pasar encima de una bicicleta haciendo piruetas y, ocasionalmente, pegándose unas natas monumentales.
 
En 1975, muere Franco y empieza la transición democrática. ¿Cuáles son sus imágenes de ese momento?

Recuerdo que al día siguiente de la muerte de Franco llegué al colegio muy pronto por la mañana, como todos los días. Era un día gris y frío, y todavía era casi de noche. Lo que me encontré es que muy pocos alumnos habíamos acudido y que los profesores y el personal de la escuela tenían todos una cara de consternación, de ­inquietud y de incertidumbre que les llegaba al suelo. Nos ­anunciaron que Franco había muerto y que no había clase. Al recibir la noticia, yo y algún compañero nos alegramos, más que nada porque inocentemente pensábamos que nos iba tocar un día de fiesta inesperado. Nuestra alegría no fue bien recibida por el tutor, que creo que estaba convencido de que era cuestión de minutos que las calles se llenaran de tanques y que todo se fuese al garete. Yo y un par de amigos decidimos que nos volvíamos a casa, pero dando un largo rodeo… Mi colegio estaba en Sarrià y yo vivía en Sagrada Família, así que el paseo era considerable. Así pues, recorrimos las calles medio vacías sin comprender bien el alcance de aquel momento histórico, aunque algo en el aire, en la cara de la gente, anunciaba que las cosas iban a empezar a cambiar, y pronto. Y así fue.
 
Coronación del rey Juan Carlos, primeras votaciones, referéndum constitucional, triunfo de UCD, retorno de Tarradellas, las autonomías… Los cambios políticos se suceden hasta el 23-F y el triunfo socialista de 1982. ¿Cómo resumiría su memoria de todo este proceso?

Mi recuerdo de aquellos años es el de una época turbulenta y vagamente subterránea, donde una cosa es lo que uno veía o creía ver, lo que te contaban y se comentaba, y otra cosa muy diferente era lo que debía de estar pasando realmente. Para mí, aquellos años fueron los que me enseñaron a ver las costuras y los rotos que había en el país. Al haber nacido en los últimos años del franquismo, había crecido creyendo que aquel mundo que veía era el único que existía, que aquello, por sospechoso que me pareciese, debía de ser lo normal. Una vez las cosas empezaron a moverse a mayor velocidad y el país empezó a cambiar, se hicieron evidentes todas aquellas cosas que hasta entonces uno presentía pero no era capaz de explicar. Me acuerdo de aquellos años de destape, cambios de chaqueta, chanchullos impresionantes, demagogia, rencor, miedo y ansias de libertad, de recuperar tiempo y vidas robadas y perdidas, de un país que parecía querer salir de un charco que olía podrido… Es una época que recuerdo como particularmente gris, enfebrecida y extraordinariamente reveladora de la realidad de lo que era, y sigue siendo, esta sociedad. Por entonces la modernización cosmética, el efecto europeizante, no habían llegado y lo que se veía era el país desnudo, sin tapujos y en plena ebullición.
 
¿Dónde estaba cuándo Tejero y sus guardias tomaron el Congreso?

El 23-F me pilló, de nuevo, en el colegio. Nos llegó la noticia de que se había producido un incidente y las clases se suspendieron antes de la hora. Recuerdo que a muchos alumnos les vinieron a buscar sus padres, convencidos de que se iba a desatar un baño de sangre. Yo regresé tranquilamente a casa, caminando. Barcelona estaba casi desierta. Cuando llegué a casa, vi la televisión y seguí aquel extraño suceso como si se tratase de un melodrama de opereta, con aquellos señores disparando en el Congreso, el rey de uniforme e Iñaki Gabilondo dando las noticias desde lo que parecía un sótano secreto en el búnker de Prado del Rey. Una vez más, no creo que fuese consciente de la gravedad de lo que estaba sucediendo, y pensaba que se trataba de una escaramuza más, una de tantas, de aquellos años donde tantas cosas parecían insinuar que, pese a todo, aquel nunca iba a poder ser un país normal. Al día siguiente, al ver el rostro de terror y el susto que se había llevado un profesor de filosofía que teníamos, un gran tipo que todavía no sabía si quería ser un seminarista progre o un ideólogo subversivo, empecé a pensar que aquel episodio escondía mucho, mucho más de lo que vimos y oímos aquella noche. Y lo sigo pensando.
 
Para muchos de su generación, desde el punto de vista cultural, la época que siguió fue la de la movida. ¿Cómo ve ese fenómeno que nace en Madrid pero se extiende a toda España en cine, en música, en costumbres…?

Lo recuerdo como algo que me intrigaba y que parecía saludable. Aquel ansia de reinventarse, de encontrar cosas nuevas desprendía un entusiasmo contagioso. Yo solía leer una revista que salía por entonces llamada La Luna de Madrid, que era una especie de órgano oficial de la llamada movida, con la esperanza de entender algo de todo aquello. Aun así lo veía con cierta distancia. Me gustaba el espíritu, pero por algún motivo yo ya tenía por entonces puestas las antenas apuntando a otras costas y lo que más me fascinaba venía de lejos. Creo que por eso nunca presté a todos estos movimientos la atención que merecían y seguramente me perdí mucho y bueno, pero mentiría si dijese que en algún momento formé parte de todo aquello o me sentí conectado de alguna manera. Si tengo que ser sincero, lo que más me gustaba de aquel movimiento era el diseño gráfico, la plástica que tenía y aquella estética que se respiraba en ciertos cómics y en revistas como El Víbora y una historieta que recuerdo con particular cariño llamada Peter Punk, que era como una reinvención de Peter Pan en plan subversivo y con una campanilla deliciosa.
 
En los ochenta, España se integra en la Unión Europea y empieza a internacionalizarse. Para su generación, ¿este proceso ha tenido una incidencia real en la vida cotidiana?

Yo diría que sí, y que de hecho es probablemente de lo más importante y positivo que le ha sucedido al país y a nuestra generación. Esa europeización ha sido, en mi opinión, el punto de inflexión de una transformación que, aunque en algunos casos sólo haya sido superficial, era muy necesaria y ha resultado enormemente beneficiosa. Una de las cosas que me preocupan ahora es que esta sociedad pierda esa conexión y se produzca una cierta regresión a lo que era aquella España de los setenta y principios de los ochenta. Creo que para España es vital no desengancharse de nuevo del tren de la Europa occidental, con todos los defectos que pueda tener, como lo ha hecho tantas veces a lo largo de su historia.
 
Desde el punto de vista de las costumbres, si los sesenta y los setenta son los años de la liberación sexual y la emancipación femenina, los ochenta son la década del sida…

Recuerdo la primera vez que visité la ciudad de San Francisco, a finales de los ochenta con mi novia. Andando arriba y abajo acabamos en el Castro, el barrio tradicional gay de la ciudad, y asistimos a un espectáculo fantasmal. Las calles estaban llenas de gente que se iban encontrando y se abrazaban y se echaban a llorar porque acababan de perder a compañeros, amantes o amigos. Otra imagen que nunca olvidaré es la de montones de enfermos moribundos de sida que sólo tenían por compañía la de una madre que había venido a cuidarlos desde algún lugar remoto del país. Aquellas abuelas de pueblo, conservadoras y desoladas, llevaban del brazo a sus hijos cadavéricos e intentaban cuidarles sin esperanza, casi velándoles en vida… Eran los años de los fallecimientos en masa, cuando todavía no había tratamiento efectivos… Era como presenciar una plaga medieval en el corazón de una ciudad moderna donde te cruzabas con personas a las que posiblemente les quedaban apenas días de vida, y lo sabían.
 
En 1982 la revista Time destaca el auge y la extensión del ordenador personal, el PC. ¿En qué momento lo adopta? ¿Cómo cambia su manera de escribir?

Lo adopto muy pronto. Empecé a utilizar ordenadores personales para escribir tan pronto estuvieron disponibles y nunca he dejado de utilizarlos. Escribir es esencialmente reescribir, y el software de tratamiento de textos es lo más aproximado al proceso mental de composición del lenguaje que conozco. Es también una cuestión de hábito. Para mí, lo que me resulta más natural e inmediato es pensar frente a la página en blanco, pero en la pantalla, no en papel. Posiblemente si hubiese nacido treinta años antes no hubiera sido así y me hubiera sentido más cómodo frente a un cuaderno. La tecnología es una herramienta, y cada cual debe encontrar la que más le convenga. Lo que importa, en último término, es el resultado. El sabor está en la sopa, no en la cuchara. Yo confieso que he pasado los últimos 25 años o más rodeado de máquinas y trastos. Para bien o para mal, la tecnología forma una parte sustancial de mis hábitos. Me gustan las máquinas, la tecnología y las posibilidades que permiten. Siempre me han gustado y nunca he tenido reparo o recelo alguno a aliarme con mecanoides de toda ralea.
 
En 1992 se celebran los Juegos Olímpicos de Barcelona, tan decisivos para la transformación de la ciudad y para la internacionalización de la nueva España democrática. ¿Cómo los vive?

Tengo un buen recuerdo, como creo que lo tienen la mayoría de los barceloneses, de aquellos días. Aquel verano decidí quedarme en Barcelona para vivir los Juegos. Estaba por entonces trabajando en una novela para jóvenes, El príncipe de la niebla, que escribía por las noches. Recuerdo que hacía un calor terrible y que me compré un pingüino, uno de aquellos aires acondicionados portátiles, y que escribía con el aire apuntándome a la cara en un piso que tenía alquilado en Sarrià. Viví los Juegos con un cariño especial, sobre todo las ceremonias, porque conocía y era amigo de algunos de los creadores de aquellas magníficas ceremonias de apertura y cierre. Recuerdo haber estado en el despacho del tristemente fallecido Pepo Sol, el productor de las ceremonias, en la torre modernista que Ovideo tenía en la calle Sant Eudald. Allí, Pepo tenía una maqueta con la idea del encendido de la antorcha por el arquero. Recuerdo que estuvimos discutiendo sobre los problemas logísticos de aquello maqueta en mano, años antes de la ceremonia en sí. Y luego también me acuerdo de escuchar al gran Tino Romero, que nos dejó este año, y que presentó la ceremonia y con quien había sonorizado muchos spots de televisión, y con él a Inka Martí, a la que también había conocido cuando trabajaba con Pepo… Creo que todo aquello fue un gran momento para la ciudad y me gustaría volver a ver aquel espíritu en las instituciones de la ciudad y del país.
 
En los noventa se instala en EE.UU. A partir del momento en que fija su residencia allí, ¿qué diferencias registra entre el día a día de la sociedad española y la norteamericana?

Son mundos muy diferentes, desde la propia concepción del papel del individuo, de las instituciones, de los objetivos y valores que se fijan… Supongo que la trayectoria histórica de cada territorio marca una pauta de desarrollo, y en este caso las diferencias son muy notables. Mi impresión es que en la sociedad norteamericana prima el individuo sobre el grupo, prima el esfuerzo personal o el ansia de superación y de ambición material sobre otros aspectos más propios de la tradición mediterránea o latina. Hay diferencias radicales en el modo de entender el clima social y político, la cultura, la familia... No creo que una alternativa sea necesariamente mejor o peor que la otra. La naturaleza humana es la que es y lo que cambia son las circunstancias. Para mí, en cualquier caso, vivir la diferencia ha resultado enriquecedor y muy positivo a todos los niveles.
 
Internet empieza a consolidarse también en los noventa. ¿Cómo cambia su vida?

Me parece que internet ha hecho el mundo más pequeño, accesible y manejable. Abre, cambia y facilita las comunicaciones, el comercio, el acceso a la información, altera el mercado cultural y cambia el modo en que organizamos nuestro día a día. En muchos casos a mejor, aunque no siempre. En mi caso, la revolución digital en general me ha servido para facilitar muchas cosas. Cualquier cosa que salte fronteras, diferencias, trincheras, escudos y barreras artificiales entre gentes y culturas me parece generalmente positiva y, en gran medida, internet ha contribuido a eso. Aunque creo que, como con todo, la moderación y la reflexión son buenos consejeros y es prudente tener una cierta visión crítica con algunos de los aspectos de esta revolución digital. Los becerros de oro, al final, siguen siendo becerros por mucho que alguien les quiera sacar brillo.

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Noticia publicada en: Magazine de La Vanguardia
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